Por qué la vitamina C es ahora mas importante que nunca!!

No se trata de una información novedosa. Hace mucho que se conoce el valor terapéutico de la vitamina C, sobre todo en grandes cantidades. A mediados de los años cincuenta, Adelle Davis expuso sus virtudes en el clásico Let’s eat right to keep fit (Alimentarse bien para mantenerse en forma). En esa misma década, Bob Hoffman, fundador de la York Barbell Company, divulgaba los beneficios del ácido ascórbico entre los culturistas y los halterófilos.

Sin embargo, no fue hasta la publicación, en 1970, del libro Vitamin C y the common cold (La vitamina C y el resfriado común), cuando la sociedad empezó a tomar conciencia de las numerosas propiedades que posee esa vitamina. Su autor, el doctor Linus Pauling, no era un fabricante de suplementos que pretendía vender su producto, sino un respetado científico, la única persona que cuenta en su haber con dos premios Nobel no compartidos. Pauling defendía que la vitamina C curaba el resfriado común, reducía el colesterol y los triglicéridos, ayudaba a prevenir las afecciones cardiovasculares e incluso inhibía el desarrollo de tumores.

A pesar de ello, cuando hablo con culturistas y les pregunto si toman este valioso nutriente, la mayoría responde con una negación. ¿Por qué? Por dos motivos. Primero, se gastan el dinero en productos más exóticos: monohidrato de creatina, sulfato de vanadio o pseudoanabólicos como el testatropinol. O compran esteroides por correo. Segundo, imaginan que esos humildes complementos ya no resultan necesarios. Se equivocan.

¿De qué modo puede ayudarles la vitamina C en su búsqueda de tamaño y fuerza? Al margen de que estando sanos pueden entrenarse con mucha más dureza, les ofrece innumerables ventajas.
Empezaré por el colágeno. Entre las funciones de la vitamina C, destaca la síntesis del colágeno, una especie de material adhesivo que mantiene unidas las células, incluidas las que componen los músculos, los tendones y los ligamentos, pero también es importante para la salud de los vasos sanguíneos, los huesos y los dientes.

Asimismo, actúa con el calcio en la formación del tejido conjuntivo, que se encarga de proteger las delicadas paredes celulares de invasores dañinos. Para ello, sin embargo, necesita una cantidad determinada de vitamina C. Salta a la vista que nadie que desee ganar fuerza o masa muscular puede prescindir de esta vitamina.

La vitamina C desempeña un papel vital en el mantenimiento y el fortalecimiento del sistema inmunitario. Se ocupa de aumentar la movilidad de los glóbulos blancos. Estimula las importantes células B T, así como los macrófagos, los devoradores de células gigantes.

Cuando las toxinas entran en el organismo, los glóbulos blancos específicos empiezan a segregar sustancias químicas para destruir a los intrusos. Pero este proceso sólo se lleva a cabo en presencia de una cantidad determinada de vitamina C. Las células T y B (los glóbulos blancos más ofensivos) generan potentes anticuerpos —las inmunoglobulinas—, cuyo déficit favorece la aparición de enfermedades.

La vitamina C también protege el organismo como antioxidante, por su capacidad para neutralizar los radicales libres, subproductos nocivos de los procesos metabólicos normales. Pero también se forman con la exposición a la luz solar, a los rayos X, al ozono, al humo del tabaco, a los gases contaminantes y a otros agentes tóxicos. En otras palabras, no hay forma de evitarlos.

Los científicos consideran que esas moléculas intervienen en el desarrollo de enfermedades como el cáncer y las afecciones pulmonares, pero también en dolencias menos graves, como las cataratas. Los radicales libres son en gran medida los causantes del deterioro gradual de la salud que denominamos envejecimiento. Esos agentes exterminadores destruyen el ADN, la membrana celular y las células por completo. Sin el aporte preciso de vitamina C, sus efectos pueden ser fatales.
Hay más. La vitamina C fortalece el timo y los nódulos linfáticos, sí como otros mecanismos de defensa. Mitiga los síntomas alérgicos y resulta muy útil para combatir las infecciones de la próstata, los oídos, los ojos, los senos y las amígdalas. También ayuda a neutralizar la acción perniciosa de numerosos alérgenos. Los efectos de la fiebre del heno, el asma, las urticarias y el zumaque venenoso pueden minimizarse con una dosis elevada de esta vitamina, necesaria también cuando se toman medicamentos, porque los fármacos de cualquier tipo —incluso la aspirina— la consumen a gran velocidad.

Pensaras: “Bueno, yo no tomo fármacos”. No estén tan seguros. Un artículo publicado en el número de mayo de 2002 de la revista National Geographic señala que “hace más de medio siglo que los ganaderos añaden antibióticos al alimento de sus animales, desde que se descubrió que esos compuestos aceleraban su desarrollo. Varios estudios calculan que el volumen de los antibióticos que se administran a los animales iguala o supera el de la medicina humana”.

Por tanto, con la carne de cerdo, ternera, pollo o pavo se ingieren también antibióticos. Eso significa que debemos tomar la cantidad adecuada de vitamina como salvaguardia.
Todos sabemos por los medios de comunicación los problemas que ocasiona un nivel alto de colesterol. ¿Sabes qué? La vitamina C ayuda a controlarlo. Interviene en la transformación de esos lípidos en los ácidos que se secretan con la bilis. Cuanto mayor sea su disponibilidad en el organismo, más alto será el nivel del colesterol bueno (HDL), el que reduce el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares.

En un ensayo realizado con culturistas en 1992, se comprobó que los que tomaban un mínimo de 200 miligramos diarios de vitamina C presentaba un nivel más alto de HDL. Estos datos revisten un enorme interés para los consumidores de esteroides, pues esos fármacos aceleran la degradación de HDL en el hígado y reducen su disponibilidad en la corriente sanguínea.

Aparte de sus beneficios para la salud, la vitamina C incide directamente en el rendimiento físico. Es necesaria para el metabolismo de las proteínas, y todo culturista que se precie conoce la importancia de este proceso en el aumento de la masa muscular y la fuerza. Pero, además, favorece la absorción del hierro, que proporciona energía. Un estudio demuestra que la adición de tan sólo 60 miligramos de vitamina C a una ración de arroz triplica la asimilación de ese mineral.

La intensidad que se sea capaz de generar en el gimnasio constituye una de las claves de los progresos de los culturistas, y la vitamina C cumple una función decisiva en este sentido. De ella depende que las vitaminas B desempeñen su cometido: convertir los alimentos que ingerimos en energía utilizable. Sin el aporte apropiado de vitamina C, el ritmo y la productividad de los entrenamientos se verán perjudicados.

Esta vitamina milagrosa también acelera la recuperación, otro de los pilares de una evolución continua. Las investigaciones científicas revelan que tomar un mínimo de 500 miligramos dos horas antes de acudir al gimnasio previene las agujetas. La mayoría de los expertos coincide en que esas molestias están causadas por el incremento de radicales libres que se produce con el ejercicio físico. Como ya he indicado, la vitamina C neutraliza esas moléculas, lo que reduce el tiempo de recuperación entre sesiones, y una recuperación más rápida se traduce en resultados más rápidos.
La vitamina C también potencia la recuperación restaurando las hormonas que se agotan durante los entrenamientos. El ejercicio vigoroso utiliza hormonas tan importantes como el cortisol y la adrenalina. Para restablecerlas, las glándulas suprarrenales necesitan una dosis precisa de vitamina C. Pero esas hormonas no sólo sufren alteraciones con la actividad física, sino con cualquier clase de estrés —físico, mental o emocional—.

Creo que ya he aducido suficientes argumentos que justifican el consumo de grandes cantidades de vitamina C, así que prosigamos. Pero, antes de abordar las dosis específicas, las diversas presentaciones y las pautas de consumo, me gustaría detenerme en los posibles efectos secundarios de una ingesta abusiva. Hace unos años, la prensa popular advertía del riesgo de formación de cálculos renales como consecuencia de una ingestión excesiva de vitamina C, pero estudios recientes desmienten ese extremo. También se rumoreaba que las megadosis causaban una especie de escorbuto de rebote si se interrumpían de forma repentina. Posteriormente, se comprobó que esa afirmación se basaba en un estudio no controlado.

A principios de los años ochenta, asistí a una conferencia que el doctor Pauling pronunció en San Francisco. En ella, le formularon la misma pregunta. Él contestó: “Las investigaciones demuestran que no hay riesgo de toxicidad ni reacciones adversas peligrosas. Multitud de personas toman hasta 100 gramos diarios sin mayores consecuencias. Quienes tomen de 10 a 20 gramos al día pueden notar un leve efecto laxante. Ese efecto es el baremo que establece la cantidad que una persona puede administrar a su organismo por vía oral. Sin embargo, las personas que sufren una enfermedad grave poseen una mayor tolerancia intestinal y admiten dosis más elevadas. En cualquier caso, tomar la vitamina C con alimentos o después de comer reduce esa reacción”.
Pasemos a las dosis. Los culturistas que se entrenan con intensidad no deben guiarse por la cantidad diaria recomendada (CDR) de 60 miligramos. De hecho, creo que ni siquiera deberían hacerlo quienes llevan una vida sedentaria. Con bastante frecuencia, cuando sugiero a alguien que está resfriado que tome mucha vitamina C, obtengo la siguiente respuesta: “Si me bebo un vaso de zumo de naranja todas las mañanas…”. Me parece estupendo, pero eso suponen 130 miligramos, y yo hablo de gramos.

El doctor Pauling dijo en la conferencia: “Creo que todos los adultos estadounidenses deberían tomar al menos tres gramos diarios de vitamina C. Recuerden: tres gramos son mejor que uno, y seis son mejor que tres”.

No era el único que aconsejaba las megadosis. El doctor Robert Cathcart, cirujano ortopédico y antiguo colaborador de la Universidad de Stanford, defiende las cantidades elevadas de esa vitamina como medio para combatir todo tipo de afecciones. Recomienda de 4 a 10 gramos para las personas sanas, de 30 a 60 para dolencias menores —como el resfriado común—, 100 para la gripe y la neumonía vírica, y hasta 200 para la mononucleosis.
Esas pautas me sorprenden incluso a mí, que soy bastante liberal al respecto. Sin embargo, lo que importa es que ese planteamiento tan radical funciona.

Yo consumo seis gramos diarios en comprimidos a lo largo de la jornada: el primero después de desayunar y el último antes de ir a dormir. Si me siento pesado o me encuentro en un ambiente cargado, me levanto de madrugada y me tomo otro gramo. La vitamina C actúa con eficacia durante el sueño; de hecho, ayuda a soñar, lo cual representa una ventaja adicional para mí.

No olvidés que la vitamina C es hidrosoluble y que se elimina con facilidad, sobre todo en climas cálidos y húmedos. Si se suda con profusión o se ingieren grandes cantidades de líquidos —de cualquier tipo—, su nivel cae en picado. Yo recomiendo ir tomando dosis relativamente pequeñas (para mí, un gramo) durante el día para evitar periodos de deficiencia. Además, el organismo las aprovechará más.

Yo utilizo los comprimidos por comodidad, pero siempre tengo a mano vitamina C en polvo por si necesito adoptar medidas de choque cuando ataca la gripe o el ambiente está saturado de partículas de polen y polvo. Aconsejo a los padres con hijos de corta edad que la disuelvan en zumo en los meses fríos para protegerlos de los catarros.

Si bien creo que los suplementos constituyen el único modo de ingerir la cantidad suficiente de vitamina C, animo también a ingerir alimentos ricos en ese nutriente. Los cítricos encabezan la lista. Un pimiento maduro o un caqui contienen 300 miligramos. Media taza de guayabas puede aportar hasta un gramo. Verduras como las espinacas, las coles de Bruselas y el brécol constituyen fuentes excelentes, pero pensad que pueden perder el 50% de la vitamina C si se cuecen o se sumergen en agua.

Las manzanas, los plátanos, las patatas, la lechuga y los guisantes no se caracterizan por su riqueza en vitamina C, pero resultan opciones válidas por la abundancia con la que se consumen. El hígado también es bueno, al igual que la carne de cordero.

La vitamina C puede adquirirse en diversos formatos. ¿Cuál es el mejor? Me remito al doctor Pauling, que contestó a esta cuestión en la conferencia de San Francisco: “No importa si se trata de ácido ascórbico o de ascorbato de sodio, potasio, calcio o magnesio. La vitamina C es el ión de ascorbato; el contraión al que se una no tiene relevancia. Yo aconsejo la presentación más económica. No crean a los fabricantes que aseguran que su producto reporta muchos más beneficios”.

Concluiré con una cita del doctor Cathcart: “No es que la vitamina C funcione a veces. En las dosis suficientes, funciona siempre”.

**Dosis de vitamina C recomendadas por el Dr. Cathcart
4-10 gramos • Mantenimiento de la salud
30-60 gramos • Dolencias menores
Hasta 100 gramos • Gripe y neumonía
Hasta 200 gramos • Mononucleosis **

Saludos!!